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Historias del papel
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Contemporáneamente a la aparición del libro impreso, la necesidad del papel dejábase sentir para usos muy diversos. La instrucción se difundía, las transacciones comerciales se perfeccionaban y complicaban, y los documentos escritos se multiplicaban; el “papel común” era indispensable además para los trabajos manuales: Lo vendían los merceros, tenderos de comestibles, candeleros.

Fue así que se crearon una serie de oficios que dependían de la industria papelera: fabricantes de cartón y de naipes, encoladores, oficios poco diferentes entre sí, con atribuciones mal delimitadas generalmente a pesar de los múltiples pleitos que se suscitaron entre las corporaciones rivales.
 
Pero sin duda que el cliente principal de los fabricantes de papel era el impresor, que ahora iniciaba sus actividades. La prensa, enorme consumidora de papel, necesitaba tres resmas cada día para funcionar normalmente. Ahora bien, en el siglo XVII (aunque no sea posible, por falta de documentos aventurar cifras para las épocas anteriores) existían en Francia, sin contar las prensas de talla dulce, de quinientas a mil imprentas, de donde resulta que los molinos papeleros tenían que suministrar diáriamente para alimentarlo de 1.500 a 3.000 resmas, o sea, de 450.000 a 900.000 por año, admitiendo que dieran todo su rendimiento.

No debe, pues, sorprendernos que uno de los asociados de Gutenberg en Estrasburgo posea un molino de papel y que los más ricos comerciantes de papel fueran precisamente los proveedores de los libreros, ni tampoco el que en ocasiones algunos de sus hijos, atraídos por el mundo del libro, se consagrasen a la tipografía e invirtiesen en empresas editoriales el dinero ganado con la fabricación o la venta del papel.

De aquí que el desarrollo de un centro papelero favoreciera el de otro tipográfico vecino. En 1486, por ejemplo, la entrada de Carlos VIII en su ciudad de Troyes fue celebrada en un poema -de escaso mérito, por lo demás- en el que los papeleros figuran en buen lugar:

También estaban allí de Troya los papeleros
en gran pompa,
vestidos de grana
y muy bien montados en hermosos y potentes destreros,
cubiertos de buenos y muy bellos adornos.
Para llegar hasta allí dejaron correr el Sena,
levantaron las compuertas y abandonaros
sus molinos.

El autor de estos versos -un papelero o un pariente de papelero- parece haber sido, según ciertas hipótesis, un miembro de la familia Le Bé. Típico destino el de esta familia, célebre por sus papeles, y de la cual habrían de salir algunos de los más hábiles grabadores de punzones y fundidores de caracteres de los siglos XVI y XVII.

Desde 1405, un Guyot I Le Ver (o Le Bé), papelero, aparece como inquilino de un molino de papel en Saint-Quentin, cerca de Troyes.

Poco a poco estos Le Bé amplían sus negocios, adquieren bien pronto otros molinos, ostentan de padres a hijos el cargo de papeleros jurados de la universidad y venden personalmente sus productos. En un período comprendido entre 1470 y 1490 encontramos, desde París a Dortmund, de Troyes a Canterbury; de Heidelberg a Dijon; de Maguncia a Utrecht, y de Brujas a Colonia, su papel con la filigrana b. En el siglo XVI eran ya muy ricos, y el XVII, nobles. Uno de ellos, Guillermo Le Bé, se sintió atraído por la tipografía y el grabado de punzones, y trabajó entre 1545 y 1550 en el taller de Roberto Estienne. Si ignoraba el hebreo, no tardó en aprenderlo, por lo menos, el modo de descifrar sus caracteres: más tarde se trasladó a Venecia y a Roma, y en estas ciudades perfeccionó su arte al arrimo de los Aldos y de sus rivales. De regreso en París, se instaló en el cruce de la calle de San Juan de Letrán con la de San Juan de Beauvais, adoptó como muestra la Grosse écritoire, y grabó los tipos hebreos de Roberto Estienne, así como los caracteres musicales que utilizaron Le Roy y Ballard. Guillermo Le Bé fue el fundador de la más grande dinastía parisiense de fundidores de caracteres: su hijo Guillermo II, ejerció a comienzos del siglo XVII los oficios de fabricante de papel, grabador de letras, librero y quizá impresor.

El de Le Bé, no fue un caso aislado. Podrían citarse en diversas partes numerosos ejemplos de fabricantes de papel o de descendientes de grandes familias papeleras, que invirtieron fondos en negocios editoriales. El libro, en aquella época, se despachaba lentamente, y el pago del papel estaba con frecuencia condicionado a la venta de los ejemplares. De aquí que los fabricantes o negociantes aparezcan muchas veces como banqueros de los libreros o impresores. Había, recíprocamente, editores que alquilaban a veces molinos de papel, de cuya producción se servían.

El molino de papel que había pertenecido a André Heilomann, asociado estrasburgués de Gutenberg, se le alquiló en lo sucesivo, en 1526, al impresor Wolf Köpfel; después, en 1550, a otro impresor, Wendelin Rihel. De igual modo hacia 1535, Eustaquio Froschauer, cuyo hermano Cristóbal imprimía en Zurich, alquiló un molino cerca de esa ciudad, y cuando aquél murió, en 1549, se hizo cargo Cristóbal del alquiler en su nombre. Entre 1575 y 1587, el célebre impresor de Basilea Eusebius Espiscopus, arrendó el molino de Courcelles, en el vecino condado de Montbéliard. En el transcurso de la segunda mitad del siglo XVII, los Boude, editores de Toulouse, explotaban un molino cerca de esta ciudad. Beaumarchis, al editar las obras de Voltaire, se hizo propietario de los molinos de Arches y de Archettes.

Finalmente, los Didot adquirieron en 1789 las fábricas de Essonnes, en las que, diez años más tarde, como a continuación se verá, funcionó la primera máquina de papel.

Entre la industria del papel y la del libro existen, por consiguiente estrechas relaciones; la prosperidad de la uno no se concibe sin la de la otra. Para comprobarlo bastará comparar en las diferentes etapas de su historia el mapa de las fábricas papeleras y el de los talleres tipográficos en la Europa occidental.

Nada tiene de sorprendente, en primer lugar, el que entre 1475 y 1560, época en la que la imprenta conquistó el Occidente, Europa se llenara de fábricas de papel.


L. Febvre, Tomado de “La aparición del libro” .